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Recogida discretamente entre sus muros, sin más reclamo que su alto campanario como faro de luz y melodia que convoca, describir la Catedral de Segorbe es hablar de:

Templo diocesano, como primera iglesia de la Diócesis de Segorbe-Castellón y templo de todos los fieles de esta Iglesia particular.

Cátedra de obispos, que alberga la sede heredera de la visigoda Segobricensis, con una larga sucesión de prelados que desde ella han sido maestros de la doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros para el gobierno.

Piedra de arquitecto, levantada sobre la roca de la ladera montañosa, en la que sus maestros de obra han dejado en los muros arte gótico, renacentista, barroco y neoclásico.

Espejo de devoción, en el que sus pinturas, esculturas e imágenes reflejan testimonios externos de sentimientos de veneración y fervor religioso.

Objeto para culto, tesoro de preciosa orfebrería de piezas destinadas a acoger lo más excelso de lo consagrado.

Ricamente adornada, dotada de hermosos textiles en las vestiduras sagradas para las funciones litúrgicas.

Casa de sabiduría, biblioteca depósito del conocer humano en su función de transmisión a otras generaciones.

Memoria de lo vivido, archivo testigo escrito de lo que se ha sido.

Cántico de amor, música creada y cantada para alabanza de quien es Creador.

Lugar de esperanza, en el que duermen los que esperan la resurrección.

Huellas de historia, testigos de un pasado que nos conforma el presente.

Espacio de fe, en el que los creyentes, desde los ojos de su vivencia, en sus actos se reúnen para dar gracias a su Señor, y a los que no lo son, desde los ojos de la cultura, les acerca a comprender a quienes lo han hecho posible.